Historia de una plegaria

Queda apenas una semana para celebrar nuestro día grande, aquel de la romería de la santa, que desde hace cientos de años, se celebra bajo la sombra de este que habla.

Hace tres cuartos de siglo, poco antes de que la fiesta se celebrara, sucedió aquí algo, que merece la pena recordar por este árbol.

Vivía aquí en el barrio un alegre muchacho, que formaba parte con otros, de una pequeña  charanguita, que con panderetas y porroncitos, animaba las misas de navidad y domingo. Aquellos pequeños instrumentos, que llenaban de agua, sonaban como el sonido de los pajaritos, que pueblan muchas veces mis ramas. Asistía este árbol a aquellos conciertos como estrella invitada y disfrutaba enormemente de aquellos acordes píos, que aquellos críos emanaban.

La desgracia, que nunca a razones atiende, encontró al muchacho y causó tanto dolor y destrozo en su cuerpo, que una pierna quisieron cortarle. Estuvo él un año en el hospital y tras mucho sufrimiento, consiguió él dejar, aquel infierno y regresar. Parecía, que todo el mal trago se había superado, pero pronto volvió a tornarse pardo lo que ya era blanco.

Iban éste y otros muchachos del barrio con el ganado hasta las praderas de Monteporreiro, donde encontraban para los animales unos buenos pastos. El de Ríos con cabras y el niño Felipe, que así se llamaba, con su vaca. Quiso el destino que, en un suspiro, el animal que el llevaba desapareciera de su vista como por arte de magia.

El pobre corría como podía, forzando la pierna, que tan frágil tenía. Veía este árbol la desesperación del muchacho y le daban ganas de arrancar su raíz de cuajo, y hacer con sus ramas un lazo, para atrapar al animal que tanto dolor estaba causando al muchacho. La naturaleza no dio al árbol la habilidad de correr y por eso no pudo hacer nada más que ver, como el joven Felipe volvía a recaer. Se le puso la pierna de colores: negra, roja y verde. Desesperado, su padre lo llevó al médico, que dijo que no había otro remedio, que amputar la pierna del muchacho, pues ni penicilina ni otras artes curativas, conocía el galeno.

Corrió la noticia por el vecindario, como pólvora del arma que carga el diablo y decían unos y otros, que al niño Felipe, la pierna iban a cortarle. Pero antes de que eso sucediera, llegaron a oídos de la familia, que había una señora, que apodaban la de los 40 reales, que vivía del lado del roble, y tenía un cuerno que maravillas hacía.

Contaba Felipe a este anciano, que le llevaron junto a la buena señora, cogieron ese cuerno y lo metieron en agua, y bebió de ella y después con ella la pierna lavaba. El muchacho, que había crecido y hecho la primera comunión en la ermita que debajo de mi se alza, tenía cierta devoción a Santa Margarita y comenzó a dedicarle las oraciones que en días de domingo le enseñaran. Siguieron las plegarias y cuidados hasta ocho días antes de la fiesta, que fue cuando el niño Felipe, curó por completo las heridas de su pierna. Fue emocionante para este árbol, ver al chaval correr a por las cañas de los fuegos, que poco después tronaban encima de mí y de mi amada ermita.

El niño se hizo hombre y dejó atrás aquellas penurias que le había causado la enfermedad, pero nunca el recuerdo de lo acontecido, pues era para él un milagro tal cual. Con diecisiete años dejó el barrio y entró en el ejército, que lo tuvo durante años, de aquí para allá. Fue de Vigo, a Jaca y de Jaca a Ferrol, después a África, y de ahí a casa, que ya era tiempo de regresar.

Con otros siete músicos militares y cuatro civiles fundó la Orquesta Sinfonía, que nada más salir del cuartel, entretenido lo tenía. Trabajó de sol a sol, a primeras horas del día en lo militar, y en la tarde-noche como músico, acompañando a grandes artistas, como aquel llamado Nino Bravo y las hermanas de nombre Benítez.

Durante años quiso él hacer un homenaje para honrar aquel suceso, que de niño había vivido, pero el miedo a no hacerlo bien, le ponía freno. Hace un año más o menos, llegó una nueva pandemia a los humanos y tuvieron que confinarse para que ésta no los llevara de su lado. Fue entonces cuando en el silencio de esos meses de encierro, halló Felipe la inspiración para escribir unos hermosos versos, que adornados con música, dedicó a su virgen de Santa Margarita y aquel recuerdo.

Se me estremeció el tronco y se me erizaron las hojas de mis ramas, cuando hace unos días escuché su hermosa plegaria. Y ese sonido alegre, que esa alma de músico había compuesto, para transformar lo vivido en notas y contar con emotivo sentimiento, lo que guardaba corazón y mente.

¡0h, oh, señora, Virgen de Santa Margarita! Dice ese estribillo de mágico brillo, seguido por una letra de sentido fervor, hacia la santa del barrio, que desde hace cientos de años, despierta en los humanos una gran devoción.

Y aquí, acaba por el momento, esta historia, no sin antes enviar al joven Felipe Codina que, a sus ochenta y seis años, conserva el arte de músico, que desde niño cultiva.

Robustus Robur