Esta semana han visitado a este anciano, unas gentes con aparatos muy extraños. Eran un grupo de cinco damas y un caballero de barbas. Traían estacas blancas y platos de colores, que depositaron sobre el suelo gris de mi casa, bordeando mi tronco y mi copa de ramas. Midieron el terreno con esmero y colocaron platos y estacas en puntos que por alguna rara circunstancia debían estar señalizados como las ciudades y los pueblos en un mapa.
Cuando toda mi estampa estaba trazada, llegó un individuo al atrio de mi casa. Atraído por las blancas maderas que el suelo decoraban, decidió recoger todas aquellas marcas. Salió entonces el caballero del lugar que ocupaba y en cuatro o cinco rápidas zancadas, impidió que aquel que tanta osadía mostraba se llevara todo lo que en sus brazos cargaba. – ¡No puede cogerlos! le oyeron decir mis ramas.
El hombre se fue desconcertado sin entender nada. Y no me extraña, porque ¿quién tira madera fina al suelo y la deja allí abandonada? … Sin saber que pasaba, decidí permanecer en alerta, y en silencio, sin mover ni un centímetro de mis ramas.
Las más jóvenes de las damas sacaron de unas maletas más artilugios que no conocía este árbol, por más historia que su tronco viejo albergara. Una era un palo como la lanza de un soldado, pero en lugar de en una punta afilada, remataba en una caja amarilla que no hacía daño ni a un insecto que en ella se posara. El otro era como un revolver pero no tenía rosca, ni tambor, sino un cilindro que con cristales luminosos decorado estaba.
Pensé por un instante que aquellos trastos un daño inmenso causaban, pues se retiraron todos los humanos a un extremo lejano del atrio como si esperaran un peligro inminente cuando esos artilugios se pusieran en marcha.
La joven humana que ese trasto cilíndrico portaba fue andando de marca en marca apretando el gatillo a medida que avanzaba. Contuve mi alma y mi savia por unos segundos, pero, pronto me di cuenta que ese aparato ningún mal propiciaba. No sentí nada, salvo destellos azules que salían de aquellos cristales como rayos de luz proyectados sobre las rocas de una playa.
Escuché decir a aquellos humanos que con mucha dicha hablaban, que el 3D del carballo ya estaba terminado, y que solo quedaba analizar todos los datos. Este anciano no entendió nada de ese lenguaje tan extraño pero está igual de contento que ellos porque ningún daño le han causado.
Muy feliz domingo a todos y en especial a mis nuevas y jóvenes amigas Julia, Laura y a las dos Anas y un abrazo verde de cariño a María Xosé y al muchacho barbudo que con ellas estaba.



