La intensa lluvia de esta semana ha hecho brotar en este árbol viejo, el recuerdo de un hecho, que sucedió hace ya mucho tiempo. Y es que este tronco maltrecho ha vivido tormentas, vientos huracanados y tempestades, que han dejado huella en la memoria y la historia de este Quercus. Pero hay una de estas manifestaciones de la furia de la naturaleza que se ha quedado más grabada que ninguna.
Fue un día quince del mes de diciembre. Corría el año de mil ochocientos ochenta y seis. En ese momento era yo un robusto roble, con un tronco erguido y derecho, que no alcanzaban a abrazar ocho humanos con los brazos abiertos. Como enemigo que llega al acecho en la noche, se levantó en esta mi Pontevedra un viento huracanado, que desató su furia con tanta bravura, que parecía que aquel era el último día de la vida de este anciano. Así mis raíces a la tierra con toda la fuerza de roble que por mi salvia corría. Mis gruesas ramas temblaban movidas por la dureza del vendaval y las finas se zarandeaban de un lado a otro como estandartes de una cohorte de zar. Escuché en la lejanía cientos de estruendos, y como batía el viento en tejados, cristales y templos. Las tejas cedían ligeras y caían al suelo, las ramas de mis hermanos golpeaban las ventanas como mil almas en duelo. El agua impactaba sobre mi tronco, que resistía con penuria, aquella desalmada lluvia, que caía de un cielo negro en el que apenas se distinguían las nubes, de las que con tanta intensidad se desprendían. Me agarré más y más fuerte al húmedo suelo, sin ceder un milímetro de terreno. Pasé una noche de infierno, luchando contra aquel temible viento, que abrió una brecha en mi cuerpo, pero no pudo acabar con este roble viejo.
Cuando la ciudad despertó de aquel mal sueño, se encontró con cientos de desperfectos. Y llegaron pronto a mi copa, las noticias de que el violento elemento se había ensañado con farolas y carruajes, que aparecieron tumbados y dados la vuelta por aquel salvaje. Y con las torres de la maravillosa Peregrina, que según decían algunos, había derribado. Pero ¡Quién puede saber si es eso fue cierto! Pues según llegó a este anciano verde pasado el tiempo, se publicó en una revista de la capital del reino, un artículo que aseguraba que el Roble de Santa Margarita, había sido arrancado de raíz por aquel violento viento y había perecido después de desplomarse su tronco viejo.
Las páginas de la ilustrada revista corrieron como lo pólvora, pues en esos días en los que sólo el papel y la voz llevaban las noticias, se daba por cierto todo lo que en ellas se decía. Y quizá por eso, solo los que aquí cerca vivían, sabían que el roble de Santa Margarita seguía vivo tras haber sido dado por muerto.
Ahora es para mí solo un recuerdo y para los humanos, un artículo de libros viejos de bibliotecas y anticuarios de los que, si uno se fía, llevo muerto más de ciento treinta años.
Robustus Robur



