
![]() | En el atrio donde habito, hay una hermosa ermita, a la que llaman desde siglos: ermita de Santa Margarita. Cada mes hay alguien que vela por su cuidado con máximo interés. En invierno, Fina, Chelo y Mercedes, se encargan de ello. En Primavera, Conchi, Isabel, Mari y Lola. En verano, Bea, Mercedes e Isabel. Y en otoño, Codina, Pilar y Maribel. |
| Antes de estas mujeres, otras se han dedicado a esta tarea. Pues en el barrio, la ermita y el carballo son tan venerados, que nunca faltan manos, para procurarles los mejores cuidados. Y así la vecina Josefa, se tomó muy en serio este encargo, que hizo altruistamente, hasta el momento que falleció y perdimos su compañía en el barrio. También lo hizo Mari Carmen, que aún en los tiempos en los que enferma estaba, no dejaba ni un domingo de bajar a la ermita, aunque fuera de cada brazo por alguien agarrada. |
| Las margaritas que cuidan a la ermita cada mes, no están solas, pues hay otras gentes de bien, que por un motivo u otro, dedican tiempo y recursos al mismo menester. |
| Tres hermanas han aportado una cuantiosa suma, y una de ellas, paños de gran finura. El carpintero del barrio, sus conocimientos y su arte ha desplegado. El tapicero solo la materia prima ha cobrado. Y Manuel, tiempo y empeño ha regalado. |



