De mi letargo de árbol desperté una tarde de esta semana, cuando sentí en mis entrañas, como el suelo movía las raíces que me amparan. Aunque la naturaleza es sabia y, los animales y plantas, saben más de lo que los seres humanos alcanzan, no se dio cuenta este carballo, que tal sensación, no era sino un movimiento de placas. Han oído mis ramas, que los expertos que de eso hablan, dicen que los terremotos destruyen bosques como pocos. Pero también pueden hacer que seres como yo crezcan, cuando ese movimiento hace, que las aguas que están por debajo, fluyan como caudales. El suelo removido y húmedo nuevas vidas emana, y nutre a aquellas, cuya fuerza interna les ha servido para agarrarse a la tierra, que movió el seísmo sin complacencia.
Cuando esta semana la sensación de que algo estaba pasando embargó a este roble anciano, dirigió inmediatamente sus hojas hacia la dama de al lado, para comprobar que el inesperado movimiento no era debido a una nueva caída, de la dorada piedra de la que está elaborada. Pues vino al pensamiento de este árbol lo que había sucedido aquí casi el mismo día, de hace tres décadas y siete años.
Ese fatídico día retumbó también el suelo por el peso de uno de los muros, que cayó de repente provocando un enorme estruendo. La adorada ermita no pudo soportar más y se desquebrajó por enormes grietas que, desde hacía meses, crecían como las telas que tejen, las arañas que este roble tiene. Fue un batacazo tal que, hizo temblar mi casa con tal ímpetu, que mis raíces y mi tronco se estremecieron de una forma brutal. Y de lo profundo de mi alma, salió un grito silencioso inmenso al ver, como mi compañera de mil batallas, yacía cuerpo en tierra derrotada.
Bajo mi sombra decían unos y otros humanos, que la ermita estaba en muy mal estado. Y a pesar de que los vecinos tal hecho denunciaron, llegó la ayuda muy tarde, cuando los siglos de arte y desgaste habían derribado a la dama.
Esas mismas grietas que surgieron en ella hace casi cuarenta años, aquejan ahora a este anciano. Y a pesar de que cómo aquel entonces, los vecinos y otros amigos lo han avisado, sigue este moribundo árbol, a su suerte agonizando abandonado.
Cada semana que pasa noto como se desprende parte de la corteza que me tapa y queda mi savia al desnudo, como quedó la ermita un día de enero, después de ceder al esfuerzo de mantenerse en pie durante muchos lustros. Lucho yo ahora con esa fuerza para mantener erguido mi tronco y no ceder al cansancio y al olvido, intentando retrasar mi caída, por si un día llega la ayuda que preciso. Y mientras ese no sucede, señales de agotamiento doy como las dio la ermita, para que los seres humanos vean, que este anciano necesita presto, el socorro como el que ella pidió un día.
Vi con agrado como la ermita se pudo recomponer y orgulloso estoy de ver, los cuidados que ahora recibe. Mi destino, sin embargo, se presenta mucho más cruel, pues las frías piedras pueden volver a su sitio a pesar del derrumbe, pero no así los árboles que, una vez que nuestras raíces pierden vida y dejan de sostenernos, no pueden izar su mirada al cielo, como cuando las aves inician el vuelo.
Robustus Robur



