Tres hermosas torcaces revoloteaban en la desnudez de mis ramas. Se posaba una en un sitio y disputaban las otras dos una frenética carrera en vuelo, primero la delgada valiente y después la descarada oponente. Querían ambas cortejar a la primera, que indecisa, burlona o descontenta, buscaba en intentos de vaga soledad de rama, cuál de las competidoras, a ella en lucha ganaba.
Versión audio (en la voz de Laura, Pontevedra):
Sería quizá la temprana primavera la causante de este escandaloso revoloteo o quizá el hecho, de que esta semana, los enamorados tuvieron un día especial para festejar su amor en voz alta.
Tuvo este roble anciano la oportunidad de conocer a cientos y cientos de parejas, a las que las flechas traviesas, habían alcanzado. Podría este carballo, rellenar todas sus hojas de verano, contando historias de humanos y de otros animales enamorados.
Y es que dice la leyenda, que con tierna voz mi vecina Doña Elisa recuerda, que aquellas parejas que en el banco izquierdo de la ermita se sientan, unirán sus almas en matrimonio. Y es esa joven dama, que a los noventa se encara, un maravilloso ejemplo de su proclama. Pues con Don Paco Barbeito, se unió en esponsales, y fue testigo este roble de un largo y fructífero amor, que se mantuvo vivo durante cinco o seis décadas, hasta que la enfermedad los separó.
Casi desde niño recuerdo, hermosos encuentros. Porque ya en tiempos tempranos, veían estas curiosas hojas, como mozos y mozas, aprovechaban peregrinaciones y ermitas como esta, para celebrar encuentros que, en aquellos tiempos, no tan bien vistos eran. Hallaban aquí consuelo a su larga espera y acaballaban los suspiros de amor, que padecían sus corazones torturados, por la angustia de un querer en la sombra tan grande, como la que proyectan los rayos del sol en las ramas de este centenario árbol.
Excusas para los encuentros había un ciento. Recuerdo, por ejemplo, como el señor Don Pepe, que decía que a los cerdos venía, hacia una parada para ver a su amada. Sonreían mis hojas, cuando a aquel pillaban veían, saltar de un brinco el muro, para cortejar a la hermosa Doña Maruja que, en él, una cicatriz profunda había originado.
Primeros besos he visto a cientos y de esponsales se nutren infinidad de mis recuerdos. Se sellaron dentro de la ermita, el amor de innumerables parejas de cuento. Y con profunda alegría salieron por aquel arco y quedaron grabados en este tronco de árbol, las imágenes de granos de arroz y pétalos, arrojados por los invitados, que festejaban dichosos la unión de los enamorados.
Se confunden los humanos si piensan que el amor, solo a ellos está reservado. Pues se encuentra éste en toda la naturaleza y quién bien se fija, y abierta su mente tiene, podrá siempre ver, torcaces al atardecer.
Y aprovecho esta ocasión, para enviar un frondoso abrazo a todas las almas que, acompañadas o en la soledad maltrecha o buscada, sienten amor allá por donde pasan.
Robustus Robur



