Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto, estoy tan enfermo que apenas me sostengo, pero el viernes volví sentir de nuevo, como la savia recorría de emoción mi tronco viejo.
Mi casa se llenó de voces de niños y adolescentes, de risas, de aplausos, de historias y recuerdos. Dicen que los humanos, cuando son ancianos, olvidan con rapidez lo que sucede en su día a día, pero recuerdan con enorme nitidez, lo que les pasó en su niñez. Yo soy árbol viejo y me pasa eso también.
Versión en audio ( en la voz de Laura, Pontevedra):
Versión en audio ( en las voces de Margarita y su hija Ana, Pontevedra):
El viernes, esos jóvenes que llenaron de alegría mis muros, me hicieron recordar momentos que estaban grabados a fuego, en la memoria del roble robusto. Cuando llegaron en tropel, sentí un enorme escalofrío, pues el propósito de esa visita escapaba a mi entendimiento, y mi incertidumbre era tal, que mis ramas se pusieron en guardia y mis hojas temblaron como movidas por un viento invernal.
Sin embargo, poco tardó aquel miedo en disiparse, pues eran los visitantes, ávidos exploradores, jóvenes dispuestos y contentos por conocer las historias que, este tronco maltrecho, guarda en su interior.
Con voluntad de león y nobleza de roble gallego, desentrañaron del baúl de los recuerdos, hermosos pasajes, y vestidos como aquellos personajes, interpretaron de modo magistral, pensamientos y recuerdos que, este árbol viejo, vivió en el pasado y revivió con ellos de nuevo.
Mis hojas se erizaron con ellos, cuando vi delante pasar, a aquellos leñadores que, con tanto esmero, quisieron a este viejo talar. Esta vez no fue de miedo, sino de risa y contento, al ver al Padre Rábago de nuevo y a un Fernando VI, que no recuerdo haber visto la primera vez. Conocí a un joven intrépido que, con la templanza del rey de los árboles, recitó sin hoja alguna, aquella parte de mi larga historia que tan grácilmente volví a rememorar.
Desde las hojas de una de mis ramas laterales, vi un barco emerger, con una hermosa cara en la quilla, como aquellas que los buques antiguos llevaban y sumergían cuando se hacían a la mar. Era aquel un barco singular, pues no era de madera, ni de metal, sino hecho por esos jóvenes intrépidos que, juntando sus troncos, consiguieron reproducir la carabela de Colón que rumbó a América un día partió.
Escuché de nuevo los gritos de libertad que manaban de la ermita, donde hace siglos los oí por vez primera. Ahora no venían acompañados de tristeza, hambre o miedo, sino de la alegría de los aventureros muchachos que experimentaban lo que sus antepasados lucharon en el ayer.
Sentí un joven muy cerca, que personificaba a este árbol con la ternura y la emotividad que tienen los humanos en su más tierna edad. Su tronco era el mío, sus extendidos brazos, mi copa, su pelo, mi manto de hojas. Rondaban a aquel muchacho, otros, que interpretaban a gente que buscaba maneras de salvar de su agonía a este árbol viejo, que tanto disfrutaba viendo la escena de sus alturas.
Volví a vivir algunas de mis historias, regresé a mis recuerdos, me emocioné con los jóvenes humanos, porque vivieron en mi mundo, al menos por un breve tiempo.
No quiero despedirme hoy, sin enviar un frondoso abrazo de verde cariño, a los intrépidos, aventureros, audaces y valientes visitantes del IES Luis Seone.
Robustus Robur
Roble de Santa Margarita



