El hombre de la voz dulce y los mil recuerdos

En otros tiempos en los que los humanos a duras penas podían alzar su voz, en los que la censura cortaba con cuchilla la libertad de expresión y todos marchaban al unísono impulsados por un ordeno y mando, dejaba volar un niño su imaginación.

Agazapado en la sombra de su propio cuerpo, escuchaba los relatos de los mayores, que en la inocencia de aquella mente infantil, sonaban a aventuras de piratas y corsarios, que él vivía con la intensidad de un agente infiltrado, aunque para los que estaban allí, no dejara de ser más que algo cotidiano.

Versión audio ( en la voz de Miti, Pontevedra):

No era él natural de Santa Margarita, pero sí su familia, que desde tiempos remotos, que recordar me hacen viejo, ayudaban a sostener la hermosa capilla. Tenía esta familia abundantes terrenos, que por abajo lindaban con el río y por arriba con la casa del cartero.

Curiosamente a unas cartas, dedicó Gonzalo sus últimas palabras con este viejo. Recordaba aquel niño ya adulto, cómo en tiempos de su niñez, llegaba una peculiar carta a su casa, coincidiendo con las visitas a Pontevedra de un personaje, al que la dictadura infundía de un poder que asustaba.

Desde mis hojas más altas, veía yo acercarse al cartero y como el intrépido muchacho, se movía inquieto, hasta conocer el contenido de las misivas entregadas por aquel hombre de azul y cartera de cuero.

Confesaba él a este viejo anciano, que lo que pedían aquellas letras era un permiso temporal para instalar un cable a lo largo de la finca familiar, desde lo que llaman Fenosa, hasta las márgenes del río que atraviesa la ciudad, pues era en esas aguas, en dónde el llamado “caudillo” iría a pescar. Guardaban salmones durante días, que custodiaba desde lo alto de un pariente mío, un paisano que antes de vigía, había sido pescador furtivo. Y que bien sabía dónde encontrar los mejores ejemplares, pues en tiempos que ejercía aquella ilícita actividad con dinamita los conseguía pescar.

En los extremos del cable misterioso que atravesaba Santa Margarita colocaban unos aparatos que desconozco y que comunicaban los salones del Lérez, con las decisiones y noticias que llegaban de lejos, pues no era bueno mantener a ciegas a aquel que con puño de acero regía y que, estuviera dónde estuviera, el destino de la nación dirigía.

Historias como estas mantenían a Gonzalo Lenard en vilo de niño y le harían sentirse vivo cuando anciano, porque vivían en él los recuerdos, como ahora vive él en los de los que ha dejado. Pues la naturaleza hace poco se lo ha llevado, después de que la ciencia no pudiera salvar su cuerpo agotado. Y aunque se ha ido pronto, sin acabar el proyecto que lo unía a este viejo “carballo”, marchó ilusionado, soñando con algo que pudo ser y no fue, porque el tiempo avanzó demasiado rápido.

Sirvan estas líneas como despedida y homenaje a Gonzalo, el hombre de la voz dulce y los mil recuerdos de antaño.

Un frondoso abrazo de verde añoranza y cariño deja este roble para él y para aquellos a los que su marcha ha llenado de tristeza y pesar.

Robustus Robur