Carmen la de Pancho

Érase una vez en el barrio, no lejos de este árbol, una joven mujer se vestía de blanco inmaculado. Desde lo alto de mi copa pude verla salir de casa, para casarse por poderes, con un joven que en Brasil la esperaba.

Los festejos de este enlace en la explanada de “La Paloma” se celebraron ¡Qué entrañable fue escuchar desde aquí y ver con estas hojas, el júbilo y alegre alboroto, que esta feliz unión causaba!

Versión en audio (en la voz de Olga, Madrid):

Esta linda pareja, de dos humanos bien guapos, vivió hasta su muerte en una casa grande de aquí al lado.

¡Mucho querían a este viejo “carballo”! ¡Y como le gustaba ver a este viejo que la familia iba aumentando! Compartía con ellos muchas instantáneas, que debajo de estas ramas, inmortalizaban en fotografías y recuerdos, que seguramente en algún álbum, todavía guardan. Posaba yo como ellos, con una gran sonrisa en mis ramas y me llenaba de júbilo ver, que siempre venían por aquí, a contarme sus andanzas.

Con Carmen, que era como ella se llamaba, pasamos la ermita y yo, muchos momentos entrañables. Pues era devota de esta Santa y nunca faltaba, a la misa que el domingo se celebraba. Como otras mujeres del barrio, Carmen cuidaba de nosotros un mes al año. Desde aquí la veía caminando con flores de su huerta debajo del brazo y aquí pasaba algunas horas, adecentando y decorando.

Los tres fuimos compañeros durante muchos años, y como yo, ella también se fue apagando. Entristecía a todo el barrio, como esos enfermos riñones, hacían mella en ella y la iban arrastrando. En los últimos años, todos los días, veía con amargura como aquella dolorida figura, entraba en la ambulancia que la recogía. Regresaba a las pocas horas y allí mismo, en la puerta, su perrito Pancho, al que había recogido en la perrera, esperaba a su amiga del alma.

A su fiel escudero le dolió tanto su falta, que cuando Carmen dejó el barrio en 2020, siguió en el portal esperándola. Y todos los días, con admiración, veo como a la misma hora que ella regresaba, le espera él esperanzado, de que sea ese el día que pueda volverla a ver a su Carmen. Y mientras eso no pasa, la espera sentado en su butaca, que aquellos que la querían como él, han cedido a este ser de cuatro patas, para que al menos con su olor, sienta menos su falta.

Y aquí dejo esta historia de gentes del barrio, enviando a Alberto, María Isabel, Pablo, José y Pancho un frondoso abrazo de este carballo.

Robustus Robur