Hace semanas que sucedió esto que ahora cuento, pero no encontraba el momento para hablar de este suceso.
Y es que hasta el País Vasco han llegado cinco de mis vástagos. No he tenido el placer de conocer ese lugar, pues un mastodonte como yo, apenas tiene movilidad. Pero dicen los pájaros que en mis ramas albergo, que no dista muchas leguas de aquí y que es una zona en la que merece la pena estar. Hablan de que, por la cercanía, comparte con esta tierra mía, el exuberante verde y la inmensidad del mar. Dicen que descargan allí las nubes su ansiado lloro natural y que, a veces, cubre la niebla sus praderas y colinas, con un manto blanco tan intenso y húmedo, como el que se cuela por este mi hogar.
Hablan de que ese paraíso natural no ha pasado inadvertido para mis verdes hermanos, que con la fuerza de los quercus se han agrupado, en hermosos bosques y robledales. Del llamado “Árbol padre”, que de estar vivo todavía, tendría la edad de este anciano, escucharon mis hojas mil anécdotas a lo largo de su larga historia. Asumió grandes responsabilidades de juras de cargos, fueros y libertades, y tan abrumador fue el rol que tuvo de vivo que, a su muerte, heredaron sus descendientes, el ilustre honor de sustituirle en sus deberes. La leyenda de esta saga se convirtió en algo tan grande, que continúa aún ahora, siendo el joven roble de Guernica un símbolo viviente, del legado que su ilustre pariente, había iniciado hace setecientos años.
Mis descendientes gozan de buena salvia y no dejan también de ser hijos de un roble legendario, por eso se alegra enormemente éste, que en un lugar donde se admira tanto a los árboles, se hayan afincado. Probablemente eso habrá pensado “Relanzo”, que al ver un carballo en el escudo de Ermua pintado, decidió no seguir buscando, y en el Colegio San Pelayo se ha quedado. A “Gicara”, a la que le atrae mucho el agua, le gustaron más los acantilados de Zumaia, y encontró en la Zumaiena un espacio especial para dar rienda suelta a su alma. A “Surlesto”, que es un punto cardinal, le gustó especialmente el Colegio Nuestra Señora del Carmen de Bilbao, pero viendo que su patio, de cemento estaba cubierto, prefirió mudarse a Cantabria, dónde me han dicho que le espera un reto. La que sí que escogió la ilustre ciudad de hierro, fue mi pequeña “Carqueixa” que, cautivada por su ría, decidió quedarse en una Ikastola, que de nombre Artxandape tenía. “Legoiña”, la más intrépida, recorrió todas esas zonas hasta que, atraída por el calor de las gentes de Loiu, aposentó sus tiernos brotes, en la Lauro Ikastola.
Si no fuera porque me han llegado hojas enteras con las andanzas de mis retoños, estaría ahora consumiendo mis raíces y brotes de intranquila preocupación de padre. Sin embargo, sólo recibo noticias felices y por ello agradezco a esas gentes y escuelas, que los hayan acogido con el afecto que aquí habrían tenido. Y desde esta colina, en la que vivo, les envío un enorme abrazo de verde cariño, a todos aquellos que ayudan a mi viajera descendencia a forjar su destino.
Robustus Robur



