Toneladas de peso muerto

Sentí que una de mis ramas cedía y que el peso de mi tronco se inclinaba todavía más hacia la vía. Hacía ya tiempo que estaba luchando porque eso no sucediera, pero ese bastón que años atrás me habían colocado, no podía soportar más mi peso y se torcía día a día. Esta semana, ambos, extenuados por tanto esfuerzo, nos debilitamos más de la cuenta y sucumbimos a la tentación de caer y acabar con todo. Mi rama comenzó a descender y las hojas del extremo se quedaron más cerca del negro asfalto de lo que nunca lo habían estado.

Vi como mi estancia en el barrio peligraba y supe que, si no recibía auxilio, cesaría pronto de ostentar el honor, de ser el roble de Santa Margarita. Los humanos y otros animales tienen la facultad de gritar, de protestar, de criticar,  nosotros los árboles, nos comunicamos de otra manera. Somos menos de palabras y más de actos. Nos retorcemos, nos inclinamos, nos precipitamos, hacemos caer nuestras ramas, nuestra corteza, nuestras hojas, todo para expresar de alguna manera lo que sucede en nuestro interios. Nuestros gritos, nuestra desesperación, son silenciosas y solo visibles para aquellos que no sólo miran y ven, sino observan.

No sé quien dio la voz de alarma, no sé si fue una persona o varias, mi debilidad nublaba mi consciencia. Sí estoy seguro, de que fuera quién fuera esa noble alma, obró de buena fe, e impidió que se produjera un desenlace más pronto de lo que debería ser.

Percibí unas sirenas que se aproximaban y supe que la ayuda estaba en camino. Primero uno, después dos y finalmente tres vehículos me rodearon, impidiendo que nadie pasara por debajo y que ningún vehículo o transeúnte chocara o fuera aplastado. Dejé de ser un peligro para los humanos. Al poco tiempo, llegó el auxilio tan esperado. Unos hombres uniformados colocaron nuevos pilares, que como muletas de enfermo lograron que, este viejo dejara de dirigir la vista al suelo. Con su ayuda y mi orgullo de quercus, levanté de nuevo mi mirada al cielo.

Muchas visitas recibí ese día, a algunos los conocía, a otros era la primera vez que los veía. Desde lo alto todos, hormigas parecían. Unos trajeron un aparato gigantesco, en el que en una pequeña cesta, un hombre a mi altura se ponía. Comenzaron a amputar algunos de mis miembros, con un artilugio que hacía tanto ruido, como los cascos de cien corceles sueltos. Si conservase la juventud y lozanía que hace cientos de años tenía, habría desatado toda mi furia ante el dolor, que ese instrumento me causaría. Pero seco por dentro, sentí un alivio inmenso, cuando comenzaron a caer trozos de mi cuerpo. Adelgacé de pronto toneladas de peso, y comprendí, que se había concedido una nueva oportunidad de vivir, a este noble tronco viejo.

Según han oído mis hojas, más ayuda está en camino, y de ello no puede alegrarse más este quercus, tan aquejado y agotado de luchar en la soledad de su pequeño atrio negro.

Y aquí dejo este relato, sin dejar de enviar un frondoso abrazo verde, a todos aquellos que han trabajado para que este humilde carballo, siga más tiempo, en este maravilloso barrio.

Robustus Robur

Roble de Santa Margarita