Aunque soy viejo y decrépito anciano, tengo el poder innato, de dar vida a pesar de los años. La edad no detiene a los árboles y aún, estando viejos y cansados, tenemos la facultad de tener hijos cada verano.
Si pudiera ir hacia atrás, y contar todos los que forman parte de mi rebaño, no cabrían en los dedos de las manos de cien humanos. Pues somos los robles tan fértiles, que contamos a nuestros hijos por millares.
Soy padre orgulloso y de mis retoños podría contar mil historias que, llenarían tantas hojas, como las que brotan de mis ramas en primavera de suelos de lluvia mojados. Sin embargo, hoy dedico mis palabras, a sólo uno de mis vástagos.
“Resorgir”, mi pequeño de dos años, ha emprendido una nueva vida al otro lado del Lérez, con una gran familia de humanos que, aunque no tienen lazos de sangre, cuidan unos de otros, como hermanos.
El joven descendiente de este roble anciano, partió ayer de este barrio, y aunque su partida hizo mella en el corazón de este vegetal agotado, sintió un júbilo inmenso, al saber que iba a estar tan bien acompañado.
Se halla ahora mi hijo, en un huerto de esperanza inundado, un lugar mágico, de esfuerzos plagado. Un terreno que, en forma de colina baja, y en dónde la siembra se reparte en parcelas de ilusión colmadas. Allí, en ese verde prado de tierras de Alba, crecerá el hijo del roble que habla.
Y si el destino quiere, proveerá de una bella sombra de Quercus, al huerto en el que se halla, generando nuevos frutos cada año que, servirán de alimento a animales y nuevas oportunidades, a las buenas gentes a quién el destino tan sabiamente ha ligado. Será el noble guardián de un huerto de humanos que, con sus manos, buscan una buena vida, dignificada con la fuerza del trabajo. Tendrá la fortuna de ver crecer las esperanzas que, muchos, en ellos han depositado. Y ser testigo de cientos de historias que, aunque a veces le harán derramar de tristeza sus hojas, fortalecerán su naturaleza de roble, y cuando lo malo en bueno se transforme, lucirá orgulloso el mejor de sus portes.
Entre patatas, repollos y ajos crecerá mi hijo, y de esa tierra oscura que, por canales de agua de lluvia, será pronto fértil llanura, verá brotar la vida. Y resurgirá un futuro, que iluminará con luz intensa, un pasado de oscuras tinieblas.
Y no dilato más este relato que, ya se sabe, que cuando un padre de un hijo habla, podría rellenar tantas hojas, como las que cuelgan de mis ramas. Envió pues un frondoso abrazo de orgulloso padre, a las buenas gentes de Boa Vida, y a las de la parroquia de Alba.
Robustus Robur



