Este anciano roble guarda en su tronco mil momentos, que son un tesoro, para los que siguen en este mundo, añorando a los que ya se fueron. Me emociona y hace estremecer, ese valor simbólico que tengo, a pesar de ser un árbol viejo. Es un influjo que desprendo, que despierta los recuerdos y mantiene vivos los sentimientos, y eso hace que muchas personas, encuentren en la ermita y en mí, su consuelo.
Soy una constante en el tiempo, un punto de encuentro, un lugar en el que rememorar personas y hechos. Viene hoy a mis hojas uno de ellos y antes de irme por las ramas, contaré lo que recuerdo sobre una niña y su madre.
Versión audio ( en la voz de Felipe, Santiago de Chile)
Conocí a la pequeña María del Carmen, cuando era del tamaño de una bellota vista desde lo alto de mi copa. De ese fugaz momento, no tiene la pequeña ni un solo recuerdo, pues adquieren los humanos más tarde, ese conocimiento.
La niña vivía muy lejos, pero era el padre natural de Santa Margarita y hablaba a menudo de este roble en casa, recordando tiempos de su infancia. No es extraño entonces, que la pequeña creciera, sintiendo una admiración profunda por aquel anciano verde, que había visto crecer a su padre, antes de que él embarcara rumbo a Buenos Aires.
Volvió la niña hecha joven mujer. Se entretenía visitando a este “carballo”, al que contaba las alegrías y penas que sentía a sus diecinueve años. Desprendía felicidad y gustaba enormemente a este abuelo centenario, oírla canturrear. Bajaba por el camino cantando hasta el centro de la ciudad, canciones populares gallegas, que probablemente sus padres le transmitieran. Compartió con su madre, maravillosos momentos, a la sombra de este roble viejo. Aun recuerdo, aquellas cosquillas, que su larga melena al viento, provocaban en el tronco maltrecho, del árbol de sus recuerdos. Abrazaba casi a diario al vecino anciano, como si abrazara a un padre o un abuelo. Sentía a través del tacto de sus manos en mi tronco, la Galicia de sus padres que, en Buenos Aires, escuchaba sólo de lejos.
Ese viaje de 1979 quedó marcado en su vida a fuego, porque atesoró innumerables recuerdos, que ella entonces no sabía, tenían una gran valía. Había capturado instantes de felicidad con su madre, que cuatro años más tarde, fallecería. Regresó María del Carmen al barrio tras ese triste suceso y solo quería estar con su abuela Doña Peregrina, pues encontraba en ella el consuelo, que con nadie más tenía.
Este árbol quedó también huérfano de su cariño, pues abrazar al viejo, como antaño había hecho, traía una añoranza y amargura tal, que era imposible afrontar, en aquel momento.
El tiempo, que es como una cura, convirtió dolor en recuerdo. Y esa alma de mujer que reside en Argentina, ansía de nuevo, según ha llegado a conocimiento de este abuelo, volver a ver este tronco y abrazarlo, como había hecho cuando su madre vivía.
Y aquí despido esta historia de gentes del barrio y sus descendientes, enviando un frondoso abrazo a María del Carmen Otero, para la que este “carballo” es mucho más que un árbol viejo.
Robustus Robur




Precioso ?