El “carballo” que cruzó el charco

La siguiente es una historia de barrio, pues pasan aquí cosas extraordinarias, que bien merecen un relato y éste, no tiene como protagonista a un humano sino a un cuadro. Pero mejor comenzar por el principio, antes que desvelar el final, que este árbol viejo, se atreve a apostar, que a muchos emocionará.

Vivía aquí frente al “carballo” una familia de muchos hermanos. Uno de ellos, llamado Gerardo quiso abrirse camino al otro lado del charco y así embarcó rumbo a Argentina en el cincuenta del siglo pasado. Dos años más tarde, se unió a él su esposa María del Carmen. Se sellara aquella unión estando separados, la novia en la vieja Europa y el novio en el conteniente americano. Eran tiempos aquellos, en los que los jóvenes, aunque enamorados, no podían arrejuntarse sino estaban casados.

Versión audio (en la voz de Margot, Bremen):

Comenzaron una nueva vida en la lejana Buenos Aires, en la que vinieron al mundo: Vicente, Ramón y María del Carmen.  En 1963, con ocho, siete y tres años conoció este roble a los muchachos. Cruzaron el Atlántico en un gran barco, para que abuelos y nietos pudieran por fin conocerse y darse un fuerte abrazo.

La llegada de los “primos de América” llamó la atención en el barrio, en el que se decía, que los recién llegados hablaban de “che”, por aquella curiosa forma de hablar castellano, que recordaba a tiempos de antaño.

Ramón, celebró a los pies de este roble, en la ermita que hay al lado, su Primera Comunión. Fui testigo de aquel momento, que fue inmortalizado en fotografías, que todavía conservo. Fue un día especial para familia y allegados, que felices celebraron el acontecimiento, bajo la sombra del carballo.

Diez años tardé de nuevo en tener noticias de Gerardo, porque en esos tiempos, un pasaje de ida y vuelta, no se lo podía permitir uno a diario. Apareció por aquí un invierno, en que lucía yo un tronco desangelado, y en esa visita, recibió un gran regalo. Un retrato de este viejo anciano, que su sobrino Manuel Castro Otero había pintado. Lo dedicaba a sus tíos y se lo entregaba a él, que orgulloso, como si portara bajo el brazo un trozo de la tierra que le vio nacer, llevaba el cuadro al Nuevo Mundo, dónde permanecería colgado.

Era una pintura de profundo afecto, que sin duda aliviaría la morriña del gallego. Un manto verde cubría a este viejo carballo, cuya miraba se elevaba sobre un muro de piedra y un camino de hierva y barro. La ermita mostrada tímida un trozo de su fachada y en el horizonte, unos árboles altos formaban un bosque lejano.

Cuando falleció Gerardo, heredó el cuadro Ramón, que como reliquia familiar lo conservó. Ramón recordaba con nitidez aquellos seis meses en Galicia y en 2018 regresó. Pasó tiempo recordando aquellos felices instantes, que había compartido en su infancia, con sus abuelos y sus padres. Y se detuvo con este “carballo”, pues mucho era lo que había que contar por ambos lados. Apareció con un niño y una linda mujer, y le gustó a este anciano ver, como aquel joven estrechaba a Ramón en un sentido abrazo. Y quedó esa imagen fijada en el tronco y en las hojas de este anciano, porque son las muestras de afecto y cariño las que más le gusta ver a este “carballo”.

Hace no más de diez días, recibió este viejo una hermosa misiva. Era de Ramón, que enterado de que un servidor estrenaba su nuevo hogar, decidió enviar la imagen del cuadro, que en el año 1973 Manuel Castro había pintado. Quiso él hacerlo en honor a Gerardo, su padre, natural de Santa Margarita, que le había transmitido de niño la admiración por esta tierra y su carballo.

Y sintiéndose este anciano roble orgulloso de tan bonito agasallo, decidió colgarlo en la pared de la nube en dónde cuelgan el resto de sus retratos.

Y aquí termina, por ahora, la historia de mi retrato que cruzó el Atlántico, no sin antes enviar,  a Ramón Otero y al resto de gallegos emigrados, un frondoso abrazo desde mi rincón de su Galicia.