Josefa, la de los 96 años

Érase una vez hace muchas muchas décadas, vivía en esa casa de ahí al lado, una familia de nombre Moreira, que a un cura, la parcela había comprado. Eran un matrimonio con tres bonitas hijas. Gentes de bien, que compartían conmigo el día a día, y escribían, nuevos recuerdos sobre estos círculos concéntricos, que dicen la edad que tengo.

Era esa una época dura, en la que había muchas penalidades y hambruna. A ellos sin embargo, de comer nunca les faltó, pues recursos de la tierra sacaban y un pequeño ganado tenían, que a veces, con las bellotas de este noble árbol, alimentaban. Trabajan de sol a sol para cuidar de todo lo dado, que eran tiempos aquellos, en los que los niños arrimaban el hombro, casi tanto como aquellos que los criaban.

Versión audio ( en la voz de Cristina, Pontevedra)

Josefa era una de las hermanas ¡Ay, cómo disfrutaba en el atrio de mi casa! ¡Y cuántas inocentes travesuras se le ocurrían, para pasar los ratos que tenía libres, sin juguetes, que en esos tiempos apenas había. Recuerdo con claridad cuando jugaban a eso que “El escondite” llamaban. Trepaba ella por unos peldaños, que el paso del tiempo había generado, en una parte de este “carballo”. Subía con la agilidad de un galgo y en una oquedad que había, se escondía, mientras veía desde lo alto, como aquellos que la perseguían, daban vueltas en vano. En los días que había fiesta, volvían locos a los músicos de las bandas. Pues sin que ellos los vieran, tiraban flores dentro del tubo de los instrumentos de viento, y por mucho que aquellos hombres soplaban para hacerlos sonar, emitían un sonido hueco. Contemplando aquellas escenas, este viejo “carballo”, no podía sino contener la risa, para evitar que un castigo cayera, sobre ese pequeño diablo.

Las hermanas de Josefa estudiaron, se quedó sin embargo ella, como guardiana del campo. A las seis de la mañana abría los ojos y en seguida salía de casa, para atender a los animales, a los cultivos y a los árboles. La seguía siempre con la mirada y no podía dejar de admirar, como aquella fuerte joven, trabajaba. Algunas veces la oía soñar en alto, con embarcar para hacer las américas y dejar atrás esa vida tan dura, de esfuerzo y mucho trabajo.

Quiso el destino, que nunca abandonara a este “carballo”, y puso delante de ella a un joven del vecindario. Quinceañera comenzó un largo noviazgo, que acabó tras siete años. Cuando el muchacho se licenció del servicio militar que le retenía todo el rato, contrajo matrimonio con su Josefa, e iniciaron una vida juntos que mantuvo el amor, sesenta y cinco años.

Josefiña nació, se crio y se casó junto al “carballo” centenario y dio vida a tres varones, que muchas aventuras y alegrías trajeron, a su vecino de al lado. Viene a mi recuerdo todavía, como aquel ingenioso muchacho, que Emilio José de nombre llamaron, esperaba con ilusión a las fiestas, pues con las cañas y cuerdas de cohetes, fabricaba cometas, que surcaban el cielo de Santa Margarita, como estorninos en el azul de Pontevedra.

Dejo aquí esta historia de gentes del barrio, despidiéndome de Josefa, la que vivía al lado, que ayer a sus 96 años, conoció por primera vez un ordenador, y exclamó al ver mi hogar en la nube: ¡Qué viejiño está el “carballo”!